Abstract
In a world facing environmental crises, social inequalities, and economic challenges, quality of life stands out as a key indicator for measuring societal progress. A qualitative study was conducted to analyze quality of life as a social issue within the scientific field and its relationship to sustainable development. Quality of life involves improving human well-being without compromising resources and the environment for future generations. Sustainable development seeks to guide productive and social models toward the rational management of resources that ensures the continuous improvement of quality of life, integrating economic, social, and environmental aspects. Societies with a high quality of life tend to be more peaceful and cooperative, while those facing significant inequalities are more prone to violence and conflict. Quality of life remains a complex social issue that demands an interdisciplinary approach within the context of sustainable development. Quality of life cannot be addressed in isolation; it is an interconnected concept that encompasses health, the environment, the economy, and social factors. Given the environmental challenges we face and increasingly pronounced social inequalities, understanding quality of life as part of sustainable development is crucial. Collaboration among governments, scientists, communities, and the private sector is essential to creating solutions that benefit everyone and ensure an equitable and sustainable future.
Keywords
Quality of life, Sustainable development, Social problem of science
INTRODUCCIÓN
La calidad de vida es un concepto que ha ganado protagonismo en las discusiones contemporáneas sobre desarrollo sostenible y bienestar social. En el contexto de un mundo que enfrenta crisis ambientales, desigualdades sociales y desafíos económicos, la calidad de vida se erige como un indicador clave para medir el progreso de las sociedades.
La calidad de vida puede definirse de múltiples maneras, pero suele incluir variables como la salud, el acceso a educación, la seguridad, la cultura y el medio ambiente. A lo largo de la historia, diversas disciplinas han tratado de entender y mejorar la calidad de vida de las personas.
Desde la medicina y la psicología hasta la sociología y la economía, cada campo ha aportado tendencias y mediciones que han permitido un enfoque más integral del bienestar humano. Los informes de desarrollo humano de la ONU, como el Índice de Desarrollo Humano (IDH), han proporcionado un marco cuantitativo para evaluar la calidad de vida en diferentes naciones(1,2).
Sin embargo, a pesar de esos esfuerzos, muchos países siguen enfrentando desafíos significativos que afectan negativamente la calidad de vida de sus poblaciones. En ese contexto, la ciencia desempeña un papel crucial, no solo para entender esos problemas, sino también para encontrar soluciones que permitan un desarrollo sostenible.
La calidad de vida se encuentra ligada a otros conceptos, y su influencia es tal, que no se debe hablar de calidad de vida, sin considerar el significado de bienestar, satisfacción de necesidades, desarrollo sostenible, conservación de recursos (sostenibilidad), crecimiento económico y equilibrio ecológico.
La presente investigación se propone como objetivo analizar la calidad de vida como un problema social en el ámbito de la ciencia y su relación con un desarrollo sostenible. La importancia de la presente investigación radica en la visión integral de calidad de vida, lo cual podría significar un aporte para las comunidades interesadas justamente en el mejoramiento de su calidad de vida, partiendo del reconocimiento por parte de las autoras que el logro de la misma depende del estilo de desarrollo adoptado, de las políticas educacionales y de las visiones de realidad construidas por la sociedad.
MÉTODOS
Se realizó una investigación cualitativa, mediante las bases de datos reformativos como: Scopus, SciELO, Redalyc, Dialnet, Google Scholar. Se analizaron un total de 43 bibliografías publicadas en revistas científicas o documentos emitidos por instituciones u organismos internacionales. Para el desarrollo de la investigación se utilizaron métodos empíricos (análisis documental) y teóricos (analítico-sintético, inductivo-deductivo, análisis histórico-lógico, enfoque de sistema).
DESARROLLO
La dimensión social del desarrollo sostenible, que incluye la calidad de vida, es fundamental para garantizar que el desarrollo económico y ambiental esté alineado con el bienestar de los individuos y las comunidades.
La calidad de vida está íntimamente vinculada al desarrollo sostenible. Un entorno saludable, acceso a recursos educativos y la posibilidad de participar en la toma de decisiones son aspectos que constituyen una vida de calidad. Por otro lado, el desarrollo sostenible demanda formas de producción y consumo que no solo sean económicamente viables, sino también socialmente equitativas y ambientalmente responsables.(3,4)
Existen diversas iniciativas que han buscado integrar la calidad de vida en el desarrollo sostenible. Por ejemplo, el concepto de "ciudades sostenibles" se centra en diseñar espacios urbanos que no solo sean eficientes desde el punto de vista económico, sino que también promuevan la salud y el bienestar de sus habitantes. Proyectos de regeneración urbana en diversas ciudades han demostrado que una planificación consciente puede mejorar notablemente la calidad de vida (2,5).
Análisis integral de calidad de vida y desarrollo sostenible como problema social de la ciencia
Algunos críticos argumentan que la búsqueda del desarrollo sostenible puede ser una excusa para aplicar políticas que limitan el crecimiento económico. Sin embargo, diversas investigaciones sugieren que, a largo plazo, el desarrollo sostenible es, de hecho, un camino hacia un desarrollo más inclusivo y equitativo.(2,6)
La calidad de vida no solo tiene impacto inmediato en la salud y el bienestar de los individuos, sino que también está relacionada con la estabilidad social y la cohesión comunitaria. Sociedades con alta calidad de vida tienden a ser más pacíficas y cooperativas, mientras que aquellas que enfrentan grandes desigualdades son más propensas a la violencia y el conflicto.(2-4)
La calidad de vida es un problema social clave para la ciencia en el marco del desarrollo sostenible, ya que implica mejorar el bienestar humano sin comprometer los recursos y el entorno para las futuras generaciones. El desarrollo sostenible busca orientar modelos productivos y sociales hacia una administración racional de recursos que garantice la mejora continua de la calidad de vida, integrando aspectos económicos, sociales y ambientales(7,8).
Desde la perspectiva científica, es fundamental fortalecer la capacidad de investigación interdisciplinaria para evaluar y gestionar los impactos ambientales y sociales, promoviendo políticas basadas en el conocimiento que permitan un desarrollo equilibrado y responsable. La participación ciudadana y los valores sociales son esenciales para detectar problemas ambientales y sociales, y para construir un desarrollo sostenible que garantice un ambiente adecuado para el bienestar humano(9-11).
Además, la ciencia y la tecnología juegan un rol crucial al ofrecer innovaciones que mejoran la salud, la producción de alimentos, la energía y otros sectores, contribuyendo directamente a la calidad de vida. Sin embargo, el avance científico debe estar acompañado de un control y una orientación hacia la sostenibilidad para evitar daños ambientales y sociales(11,12).
El ser humano en su afán por obtener el máximo bienestar social, ha desarrollado actividades que han generado problemas ambientales. Lo planteado con anterioridad, ha sido motivo de reflexión acerca de la necesidad de superar dichos problemas para mejorar su calidad de vida.
Según Castañeda (13), el concepto calidad de vida, “…se asocia globalmente con las condiciones materiales en que se desenvuelve la existencia de los individuos y, más en concreto, con la experiencia personal que resulta de dichas condiciones”. Lo expresado por ese autor conduce a desglosar esos dos términos que componen el concepto: calidad y vida.
El sustantivo calidad hace referencia a la naturaleza más o menos satisfactoria de una cosa, o si se prefiere, a aquellas propiedades inherentes a una cosa, que permiten apreciarla como igual, mejor o peor que las restantes de su especie. Esa afirmación permite deducir que se trata básicamente de las condiciones en las cuales se desenvuelve cada quien, comparadas con las de cualquier otro ser humano.
La expresión calidad de vida ha sido interpretada casi siempre con una visión antropocéntrica. Castañeda (13) sostiene que el término vida, se refiere a la vida humana, “…se asimila “vida” a “actividad” como la forma más específicamente humana de relacionarse con el mundo”.
Las autoras asumen la necesidad de incluir a la naturaleza como entidad con derecho a una calidad de vida, ya que los componentes bióticos y abióticos, constituyen la fuente de recursos materiales que sustentan la actividad humana. Por tanto, son susceptibles de modificaciones y tratamientos que pueden desmejorar su calidad en función del uso y abuso que de ellos se haga.
Los antecedentes expuestos con anterioridad permiten afirmar que la calidad de vida es un concepto que implica a su vez la definición de bienestar. Para Ferrer (14), el bienestar depende de la conservación ambiental, la cual es una actividad humana, “…concebida por el hombre, para el hombre, en virtud de ello, conservar significa: garantizar, asegurar los beneficios permanentes y sostenidos, tangibles o intangibles que los seres humanos derivamos del usufructo del ambiente y sus recursos naturales”, posible, solo “a través del mantenimiento de la armonía de las interacciones entre los componentes del conjunto”.
Otro concepto implícito en el bienestar, es la equidad, el cual es muy utilizado en el ámbito económico y social; Brown, Flavio y Postel (15), precisan que, es un objetivo esencial por derecho propio en un mundo que se esfuerce en satisfacer las necesidades básicas y proteger simultáneamente el entorno natural.
Cuando se habla de equidad, se involucran los principios de justicia y libertad practicados por todos los individuos para disfrutar, según Caride y Meira (16), “…su derecho a consumir ciertas cantidades mínimas de determinados bienes”, pero en realidad se puede percibir que esos principios no se cumplen en gran parte del orbe, de ahí, los elevados índices de pobreza.
Las ideas precedentes permiten reflexionar acerca del pensamiento humano que orienta los comportamientos y establece los parámetros de bienestar y con ellos los de calidad de vida. En el siglo XVIII, el hombre, como ente social, adopta el modelo capitalista que viene adosado a la revolución industrial, origen de la tecnología y de la investigación tecnológica.
La idea de progreso como sinónimo de felicidad ha significado un sacrificio para la naturaleza, la cual, según Ferguson y Lanz (17), se presenta como, “…ese espacio salvaje-extraño, potencialmente peligroso -que debe ser domesticado, reservorio de recursos-bienes aprovechables- y finalmente, ámbito de “fuerzas ciegas” que el hombre debe controlar”.
Ese presumible control del cual hablan esos autores, a criterio de las autoras no ha sido posible, así lo demuestra la existencia paralela de condiciones de atraso y progreso, así como la convivencia de la miseria al lado de la opulencia, exponiendo diferencias marcadas de nivel y calidad de vida entre los habitantes del globo terráqueo. Si lo importante es la forma de pensar, a la hora de buscar el camino hacia la calidad de vida, debe asumirse que existen diferentes formas de ver el mundo.
La calidad de vida si bien no debe desligarse del crecimiento y disponibilidad de recursos, tampoco puede desvincularse de las relaciones entre los seres humanos, y de ellos con el medio; relaciones de orden cultural que conducen a dar valor a la vida, la naturaleza y los sentimientos para alcanzar el bienestar.
Como plantea Tyler (18), “…la cooperación, la honradez, y la honestidad, la humildad, la amistad y el amor, deben ser las pautas para nuestro comportamiento hacia los semejantes y hacia el planeta de la vida”. En tal caso buscar la calidad de vida sin perjudicar al ambiente se considera entonces un problema ético.
Los seres humanos, a diferencia de los otros seres vivos, según Savater (19): “podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo o inconveniente. Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las abejas y las termitas no suele pasarles. De manera que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar”.
Los recursos naturales son considerados como factores de producción en el sistema económico y su explotación depende del tipo de sistema adoptado por cada grupo en particular. Según Tyler (18), “las decisiones económicas influyen en la utilización del recurso y en la calidad de vida del entorno”; unido a eso, el acelerado crecimiento demográfico, demanda de los gobernantes la adopción de estilos de desarrollo que permitan satisfacer necesidades sin degradar los recursos naturales que sustentan la actividad económica, pero eso no es lo que ocurre habitualmente.
El crecimiento económico se ha medido a través del producto interno bruto (PIB), el cual a su vez se utiliza para medir la calidad de vida. A criterio de las autoras, es un deficiente indicador de calidad de vida, si se tiene en consideración el siguiente ejemplo: si existe elevada producción de cigarros, aumenta el PIB, pero también incrementa el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y respiratorias. En el caso expuesto el PIB incluye la producción de bienes y servicios perjudiciales, vale la pena preguntarse entonces ¿es el PIB un indicador adecuado de calidad de vida?
Pudiera aceptarse la idea de que debería cambiarse el término PIB por “contaminación interna bruta” y en ese caso, el índice de calidad de vida estaría en un balance negativo, lo cual conduciría a un agotamiento de recursos naturales y a una insatisfacción de necesidades, con el consecuente desequilibrio ecológico del planeta.
Según Escalona (20), cualquier esfuerzo que se haga para incentivar el desarrollo de las naciones debe guiarse por “… la conservación de los equilibrios de ese gran ecosistema, en consecuencia, el criterio de máxima productividad (…) debe ser sustituido por máxima conservación y óptimo sostenimiento de los equilibrios ecológicos…”. Lo expresado incita a reflexionar acerca de alternativas que permitan orientar un cambio de pensamiento como serían la “Educación Ambiental”, “Soberanía y Seguridad Alimentaria”, “Educación, Salud, Ciencia e Innovación por un desarrollo sostenible”, entre otros; los cuales tienen como meta desarrollar y fortalecer la conciencia ambiental para propiciar la convivencia y mejorar la calidad de vida de las actuales generaciones, sin comprometer la de futuras generaciones.
No existe una correlación directa entre crecimiento económico y mejorar la calidad de vida; los cambios reflejados en el ambiente constituyen prueba fehaciente de una práctica social que desestima su valor como proveedor de recursos y los grupos sociales adoptan sistemas económicos que han generado más pobreza y deterioro del medio donde conviven.
Diversos especialistas, sobre todo de la economía, han unido esfuerzos para desarrollar un indicador de calidad de vida que no sea el PIB. Al respecto, refiere Tyler (18) que: los economistas William Nordhaus y James Tobin han desarrollado un indicador que denominan bienestar económico neto (BEN) para estimar el cambio anual en la calidad de vida en un país. Calculan el BEN fijando un precio nominal a la contaminación y otros bienes y servicios “negativos” incluidos en el PIB: aquellos que no mejoran la calidad de vida. Los costos de esos factores negativos se restan luego del PIB para obtener el BEN.
Desde el punto de vista social, se puede evaluar la calidad de vida promedio en un país, a través de un indicador creado por la ONU, el llamado Índice de Desarrollo Humano (IDH), el cual se mide según lo refiere Tyler (18) en una escala de 0 a 1, y resulta de la combinación de tres indicadores: expectativa de vida al nacer, proporción de alfabetismo y el PIB por persona.
Existe otro indicador, conocido como índice de sufrimiento humano (ISH), desarrollado por el comité de crisis poblacional; trabaja con diez escalas: PIB per cápita, inflación, aumento de empleos, crecimiento de la población humana, acceso a agua potable de buena calidad, mortalidad infantil, alfabetismo en adultos, suficiencia alimentaria, suficiencia energética, y libertad personal (18). A criterio de las autoras, utilizar ese índice, basado en indicadores de sufrimiento, resulta vergonzoso para la humanidad, cuando se discute tanto acerca de las políticas económicas para superar la pobreza.
Esas políticas deberían generar aumento del empleo productivo, lo cual permitiría mejorar la condición económica de los pobres, unido a una política que amplíe y mejore los servicios públicos de educación en todos los niveles.
Otro índice, el de disminución aguda de recursos naturales, fue creado por investigadores del Instituto de Recursos Mundiales, proponiendo su inclusión en el producto interno neto (PIN) de un país. Tyler (18) refiere que se ha creado “un modelo sencillo” y se aplicó con éxito en Indonesia, donde entre 1970-1984 su PIB aumentó 7 % al año, sin embargo, al restar los valores de agotamiento de bosques, suelos, y petróleos, su PIN creció solo un 4 %. Ese índice tampoco parece el más conveniente, ya que es una medición en función del agotamiento de los recursos, cuando lo que realmente debe importar es disminuir la degradación y favorecer el ambiente.
El mismo autor habla de un modelo desarrollado por Daly y Cobb, el índice de bienestar económico sustentable (IBES), aplicado en Estados Unidos. Se considera que es el indicador más completo de bienestar del cual se dispone (18), aunque a criterio de las autoras posee una dificultad, y es que depende de la información disponible solo para algunos países.
A nivel mundial los esfuerzos que se han hecho no han logrado solucionar los problemas ambientales, ni erradicar la pobreza. Se han ensayado muchos modelos de desarrollo en Latinoamérica, sin embargo, no coinciden los ideales de desarrollo con el auténtico bienestar, ni con los propósitos de un medio ambiente sano.
A criterio de las autoras se debe ofrecer una nueva visión de la vida como una relación de cooperación entre todos los componentes del planeta Tierra, para que sea un espacio en el cual se respeten los derechos de todos por igual. Además se deben establecer interacciones que lleven implícitos los principios de conservación y equidad, de la mano, con acciones encaminadas al logro de la paz y la justicia social.
La calidad de vida como problema social en la ciencia para un desarrollo sostenible implica un enfoque integral que combine el progreso tecnológico, la gestión ambiental responsable y la justicia social. La calidad de vida debe ser un indicador central en la formulación de políticas públicas.
Las decisiones gubernamentales deben estar guiadas no solo por consideraciones económicas, sino también por el impacto que dichas decisiones tendrán en el bienestar de la población. La inclusión de medidas sobre calidad de vida en los objetivos de desarrollo sostenible de la ONU es un paso importante en esa dirección.(1,2,4)
Una mirada desde la salud a la calidad de vida y el desarrollo sostenible
La salud y la calidad de vida son problemas sociales fundamentales para la ciencia en el marco del desarrollo sostenible, ya que garantizan el bienestar físico, mental y social de las poblaciones, condición indispensable para el progreso económico, social y ambiental. La salud es tanto un resultado como un indicador clave de las dimensiones del desarrollo sostenible, y su promoción contribuye a la equidad, la reactivación económica y la cohesión social(22,23).
El acceso universal a servicios de salud de calidad sin dificultades económicas es un objetivo central para evitar que las enfermedades empujen a las personas a la pobreza y para construir sociedades sólidas(23,24). Además, la salud está estrechamente vinculada al medio ambiente: un entorno saludable reduce la carga de enfermedades y mejora la calidad de vida, por lo que la gestión ambiental es crucial para la salud pública y el desarrollo sostenible(23,25,26).
La ciencia enfrenta el reto de integrar la salud en todas las políticas públicas, promoviendo sistemas sanitarios resilientes y sostenibles, y fomentando la participación ciudadana para detectar y atender problemas sociales y ambientales que afectan la calidad de vida(9,25). Tecnologías como la telemedicina han demostrado ser claves para ampliar la cobertura y facilitar el acceso a la salud, contribuyendo a la sostenibilidad global (22).
Finalmente, la promoción de la salud en ámbitos como el trabajo también es vital para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), especialmente el tercero, que busca garantizar una vida sana y bienestar para todos en todas las edades, lo que a su vez impulsa la productividad y el desarrollo social (27).
Es importante que la salud sea un criterio en las políticas de desarrollo porque la salud es un indicador clave y un componente esencial del desarrollo humano sostenible. Incorporar la salud en todas las políticas permite abordar sus determinantes sociales, que muchas veces están fuera del sector sanitario, como la vivienda, la educación y las condiciones socioeconómicas, y así mejorar el bienestar general de la población(28,29).
Además, una población sana mejora la productividad laboral, la capacidad de aprendizaje, fortalece a las familias y comunidades, y contribuye a la sostenibilidad ambiental y social. Esto genera un círculo virtuoso donde la salud impulsa el desarrollo económico y social, y a su vez, el desarrollo mejora la salud y la equidad(30,31).
La Declaración de Adelaida sobre Salud en Todas las Políticas destaca que incluir la salud como criterio en la formulación de políticas facilita un gobierno más eficaz, mejora la gobernanza y promueve la equidad social, la reducción de la pobreza y la inclusión. También ayuda a evitar costos insostenibles en atención sanitaria que pueden frenar el desarrollo general (31).
La inversión en salud impacta positivamente en el crecimiento económico sostenible porque mejora la productividad laboral al mantener a la población sana y activa, lo que extiende la vida productiva y reduce la mortalidad(32,33). Además, sistemas de salud fuertes y accesibles disminuyen el gasto directo de bolsillo, evitando que las enfermedades empujen a las personas a la pobreza y fomentando la equidad social (34).
La inversión en infraestructura, personal y tecnologías médicas mejora la calidad y accesibilidad de la atención, lo que previene enfermedades y reduce costos a largo plazo, contribuyendo a la estabilidad económica (35). Ejemplos como la distribución de vacunas contra la COVID-19 muestran cómo la inversión en salud puede facilitar la reapertura económica y evitar bloqueos prolongados (35).
A nivel macroeconómico, mejorar la salud de la población puede aumentar el PIB, generando un efecto multiplicador en la actividad productiva y elevando el bienestar social (33). Por eso, la salud debe ser vista como una inversión estratégica que impulsa el desarrollo sostenible y no solo como un gasto(32,36).
La sostenibilidad de los sistemas de salud requiere inversiones a largo plazo y colaboración intersectorial para enfrentar retos como el envejecimiento poblacional y enfermedades crónicas, asegurando un crecimiento económico resiliente y equitativo (37).
La inversión en salud reduce la pobreza y la desigualdad porque garantiza el acceso universal a servicios médicos, evitando que las enfermedades generen gastos catastróficos que empujen a las familias a la pobreza(38,39). Al fortalecer los sistemas de salud y reducir el gasto de bolsillo, se protege financieramente a la población más vulnerable y se mejora su calidad de vida (38).
Además, la salud influye directamente en la capacidad productiva y educativa de las personas, lo que aumenta sus ingresos y oportunidades, rompiendo el ciclo pobreza-enfermedad(39-41). La atención primaria de salud, con enfoque en determinantes sociales, es clave para prevenir desigualdades y promover inclusión social (39).
La mejora en salud también contribuye a la cohesión social y al desarrollo económico inclusivo, reduciendo brechas entre grupos sociales(39,42). Por ello, organismos como la CEPAL y la OPS llaman a priorizar la inversión en salud como estrategia fundamental para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible y avanzar hacia sociedades más justas y equitativas(38,39,43).
La salud y la calidad de vida son problemas sociales que la ciencia debe abordar para lograr un desarrollo sostenible integral, que incluya bienestar humano, equidad social y protección ambiental. La ciencia tiene la capacidad de generar conocimientos que permitan formar individuos más conscientes de sus derechos y responsabilidades. Las iniciativas científicas deben ser promovidas para garantizar que las comunidades puedan beneficiarse de una mejor calidad de vida.
CONCLUSIONES
La calidad de vida sigue siendo un problema social complejo que demanda un enfoque interdisciplinario en el contexto del desarrollo sostenible. No se puede abordar la calidad de vida aisladamente; es un concepto interconectado que abarca la salud, el medio ambiente, la economía y lo social. Con los retos medioambientales que enfrentamos y las desigualdades sociales cada vez más marcadas, entender la calidad de vida como parte del desarrollo sostenible es crucial. La colaboración entre gobiernos, científicos, comunidades y el sector privado es fundamental para crear soluciones que beneficien a todos y aseguren un futuro equitativo y sustentable.
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- 44 CONFLICTO DE INTERESES
- 45 Los autores declaran que no existe conflicto de intereses.
Declaraciones
Financiación
Los autores recibieron financiación para la obtención de los resultados del presente artículo, a partir del proyecto de investigación “Por una sonrisa saludable” con código PT241IJ400-024 que tributa al Programa Territorial “Calidad de Vida” del Municipio Especial Isla de la Juventud.
Conflictos de interés
No existen.
Contribución de autoría
Redacción - borrador original: Rosa María Montano-Silva, Yoneisy Abraham-Millán, Aliana Peña-Méndez.
Redacción - revisión y edición: Rosa María Montano-Silva, Yoneisy Abraham-Millán, Aliana Peña-Méndez.