Abstract
Introduction: Low birth weight, defined as a weight below 2500 grams in live newborns, is a fundamental indicator of maternal and child health and a predictor of neonatal morbidity and mortality with consequences throughout the entire life course. Objective: To comprehensively describe the current state of knowledge on low birth weight, covering its epidemiology, pathophysiological mechanisms, maternal risk factors, and strategies for detection, management, and prevention. Methods: A narrative literature review was conducted through searches in PubMed/MEDLINE, SciELO, LILACS, and Google Scholar, using the Health Sciences Descriptors (DeCS) and Medical Subject Headings (MeSH) “low birth weight infant,” “premature birth,” “fetal growth retardation,” and “risk factors,” complemented with clinical practice guidelines and technical documents from the World Health Organization. Development: Low birth weight affects 14.7% of live births worldwide and arises from two pathophysiological pathways—prematurity and intrauterine growth restriction—driven by largely modifiable maternal nutritional, metabolic, toxic, and infectious determinants. Antenatal ultrasound and Doppler surveillance, together with standardized neonatal care protocols, help mitigate its immediate and long-term complications. Conclusions: Low birth weight is a critical factor for neonatal survival and human development. Translating the accumulated scientific knowledge into scalable preventive strategies is necessary to achieve the reduction targets set by the World Health Organization.
Keywords
Infant, Low Birth Weight, Premature Birth, Fetal Growth Retardation, Risk Factors, Public Health
DESARROLLO
Magnitud y clasificación del bajo peso al nacer
Las subcategorías de peso al nacer permiten una estratificación más precisa del riesgo y la planificación de intervenciones específicas. El bajo peso al nacer (2000-2499 gramos) representa la categoría más amplia, mientras que el muy bajo peso al nacer se define como un peso de 1500 gramos o menos, y el peso extremadamente bajo al nacer corresponde a 1000 gramos o menos. Estimaciones recientes de regiones con datos de alta calidad, como América del Norte, Australia, Nueva Zelanda, Asia Central y Europa, muestran que aproximadamente el 65,6 % de los recién nacidos con bajo peso se encuentran en la categoría de 2000-2499 gramos, el 19,4 % pesan entre 1500-1999 gramos, el 9,0 % entre 1000-1499 gramos, y solo el 5,8 % pesan menos de 1000 gramos. Aunque este último grupo representa la proporción más pequeña, son los recién nacidos más vulnerables y con mayor riesgo de mortalidad, ya que la mayoría son extremadamente prematuros (1,8).
La relevancia estadística del bajo peso al nacer en la mortalidad neonatal es extraordinariamente significativa a nivel global. Se estima que aproximadamente el 80 % de todas las muertes neonatales en el mundo ocurren en infantes con bajo peso al nacer, de los cuales aproximadamente dos tercios son prematuros y un tercio son pequeños para la edad gestacional. En 2020, más de la mitad de las muertes neonatales (1,4 millones) fueron atribuibles a recién nacidos vulnerables pequeños, con el 73,4 % de estas muertes relacionadas con la prematuridad o con la combinación de prematuridad y pequeño para la edad gestacional. Los recién nacidos que son tanto prematuros como pequeños para la edad gestacional, aunque representan solo el 1,1 % de los nacimientos a nivel global, presentan el riesgo de mortalidad más elevado de todos los grupos. En 2021, el 81,01 % de las muertes neonatales globales estuvieron vinculadas con el bajo peso al nacer y la gestación corta, lo que equivale a 1,48 millones de muertes (8).
Prematuridad y restricción del crecimiento intrauterino (RCIU)
La diferencia fundamental entre un bebé prematuro y un bebé con restricción del crecimiento intrauterino radica en los mecanismos fisiopatológicos subyacentes que conducen al bajo peso al nacer. El nacimiento prematuro se caracteriza por una gestación corta (menos de 37 semanas completas), en la que el bebé nace demasiado pronto, pero puede haber crecido adecuadamente para su edad gestacional. En contraste, la restricción del crecimiento intrauterino representa un proceso patológico en el cual el feto no logra alcanzar su potencial de crecimiento óptimo debido a factores fetales, maternos o placentarios que limitan la perfusión uteroplacentaria y, consecuentemente, la nutrición fetal. Este último grupo de bebés nace demasiado pequeño para su edad gestacional, independientemente de si nace prematuro o a término (2,9).
Esta distinción es crucial porque no todos los bebés con bajo peso al nacer son prematuros. El bajo peso resulta de dos vías subyacentes que pueden ocurrir de manera independiente o simultánea: la gestación corta y la restricción del crecimiento fetal, esta última identificada mediante la clasificación de pequeño para la edad gestacional. Un bebé puede nacer con bajo peso siendo prematuro, pero con crecimiento apropiado para su edad gestacional, o puede nacer a término, pero pequeño para su edad gestacional por restricción del crecimiento. Existe también un tercer grupo, prematuro y pequeño para la edad gestacional a la vez, que presenta el riesgo de mortalidad más elevado de todos (10).
La terminología utilizada para clasificar a estos bebés refleja esta diferencia conceptual fundamental. El término «restricción del crecimiento fetal» (anteriormente llamado restricción del crecimiento intrauterino) se utiliza durante el período prenatal para describir fetos con peso fetal estimado o circunferencia abdominal por debajo del percentil 10 para la edad gestacional, según las guías del Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos. Este término indica un proceso patológico que refleja sufrimiento fetal e impide que el feto alcance su potencial de crecimiento. En contraste, el término «pequeño para la edad gestacional» se aplica exclusivamente a los recién nacidos cuyo peso al nacer está por debajo del percentil 10 para su edad gestacional y sexo, en comparación con estándares internacionales. Es importante destacar que, si bien la mayoría de los fetos con restricción del crecimiento intrauterino nacen pequeños para la edad gestacional, no todos los bebés pequeños para la edad gestacional tuvieron restricción del crecimiento intrauterino; algunos pueden ser constitucionalmente pequeños, fisiológicamente normales, y haber alcanzado su potencial de crecimiento (6,11).
La importancia de comprender esta distinción se fundamenta en múltiples dimensiones clínicas y epidemiológicas. La edad gestacional es más predictiva del riesgo de mortalidad y morbilidad que el peso al nacer por sí solo, y diversos modelos de predicción de riesgo la señalan como el determinante más importante de la viabilidad. Además, la clasificación dicotómica en 2500 gramos no resulta suficientemente granular para captar los gradientes continuos de riesgo, y los umbrales históricos son cada vez menos relevantes dados los avances en cuidados intensivos neonatales, con neonatos de apenas 23 semanas sobreviviendo en la actualidad.
Las consecuencias a corto y largo plazo también difieren según el mecanismo subyacente. Los bebés prematuros sin restricción del crecimiento enfrentan riesgos ligados a la inmadurez orgánica: hemorragia intraventricular, encefalopatía hipóxico-isquémica, enterocolitis necrotizante, displasia broncopulmonar y sepsis. Los nacidos a término, pero pequeños para la edad gestacional, presentan con mayor frecuencia asfixia perinatal, hipotermia, hipoglucemia y policitemia. Ambos grupos experimentan retardo del crecimiento y déficits neurocognitivos, aunque los mecanismos específicos pueden diferir; los bebés con doble condición —prematuros y pequeños para la edad gestacional— acumulan el riesgo más adverso de todos (1,8).
Desde la perspectiva de la salud pública y la prevención, la distinción entre prematuridad y restricción del crecimiento intrauterino es fundamental porque los factores de riesgo y las intervenciones preventivas difieren sustancialmente entre ambas condiciones. La prematuridad está más frecuentemente asociada con factores como infecciones intrauterinas, incompetencia cervical, embarazos múltiples, complicaciones obstétricas agudas, y factores socioeconómicos y de estrés materno. Por otro lado, la restricción del crecimiento intrauterino se vincula más estrechamente con insuficiencia placentaria, hipertensión materna, preeclampsia, malnutrición materna crónica, deficiencias nutricionales específicas —particularmente de proteínas, energía y micronutrientes—, tabaquismo, consumo de alcohol y condiciones médicas maternas crónicas (2). Esta diferenciación permite diseñar intervenciones dirigidas más efectivas: suplementación nutricional y de micronutrientes para prevenir la restricción del crecimiento, frente a progesterona, cerclaje cervical o corticosteroides para prevenir el parto prematuro.
La evaluación clínica precisa de la edad gestacional es esencial para distinguir entre estas dos condiciones, pero representa un desafío significativo en muchos entornos de recursos limitados. La edad gestacional puede determinarse mediante ecografía temprana en el embarazo (idealmente antes de las 20 semanas), fecha de última menstruación confiable, o examen físico neonatal utilizando escalas como el puntaje de Ballard o el New Ballard Score. Sin embargo, en países de bajos y medianos ingresos, donde ocurre la mayor carga de bajo peso al nacer, con frecuencia no se dispone de ecografía temprana, las fechas menstruales pueden ser inciertas, y la evaluación clínica neonatal requiere personal capacitado (12). Esta limitación en la determinación precisa de la edad gestacional dificulta la clasificación adecuada de los bebés y puede llevar a subestimar la verdadera prevalencia de la restricción del crecimiento intrauterino en estas poblaciones.
Las implicaciones pronósticas a largo plazo también difieren según el mecanismo subyacente del bajo peso al nacer. Los estudios que han examinado las consecuencias del desarrollo sugieren que los bebés con restricción del crecimiento intrauterino pueden experimentar patrones distintos de programación metabólica y epigenética en comparación con los prematuros. La restricción del crecimiento fetal se asocia particularmente con adaptaciones metabólicas que predisponen a síndrome metabólico, diabetes tipo 2, hipertensión y enfermedad cardiovascular en la vida adulta, siguiendo la hipótesis de Barker sobre los orígenes del desarrollo de la salud y la enfermedad. Estas adaptaciones incluyen la redistribución del flujo sanguíneo que favorece órganos vitales como el cerebro a expensas de otros órganos —fenómeno conocido como brain sparing—, la reducción en el número de nefronas renales, alteraciones en la sensibilidad a la insulina, y modificaciones epigenéticas que afectan la expresión génica a lo largo de la vida (4).
En contraste, los bebés prematuros sin restricción del crecimiento pueden enfrentar consecuencias relacionadas más directamente con la inmadurez orgánica, incluyendo mayor riesgo de problemas respiratorios crónicos (displasia broncopulmonar), retinopatía del prematuro, déficits neurocognitivos relacionados con lesión de la sustancia blanca cerebral, y problemas del neurodesarrollo. Aunque existe una superposición considerable en los resultados a largo plazo entre ambos grupos, comprender los mecanismos específicos permite anticipar mejor las necesidades de seguimiento y las intervenciones preventivas secundarias. Por ejemplo, los bebés con restricción del crecimiento intrauterino pueden beneficiarse particularmente de un monitoreo metabólico y cardiovascular a largo plazo, mientras que los prematuros requieren un seguimiento oftalmológico, auditivo y del neurodesarrollo más intensivo (9).
Es crucial reconocer que existe un espectro continuo de vulnerabilidad, más que categorías discretas. Los bebés pueden presentar grados variables de prematuridad y de restricción del crecimiento, y aproximadamente el 30-40 % de los prematuros también son pequeños para la edad gestacional, experimentando ambos mecanismos de manera simultánea. Este grupo de «doble vulnerabilidad» presenta los peores resultados y requiere la atención más intensiva. Comprender que el bajo peso al nacer no es una entidad única, sino el resultado final de múltiples vías fisiopatológicas resulta esencial para diseñar estrategias preventivas efectivas y un manejo clínico apropiado (13).
Factores maternos que influyen en el peso del bebé
Los factores maternos que influyen en el peso del bebé al nacer son múltiples, interrelacionados, y abarcan características demográficas, estado nutricional, enfermedades crónicas y hábitos modificables. La edad materna, el índice de masa corporal (IMC), el tabaquismo, las enfermedades crónicas —como la diabetes y la hipertensión— y el consumo de sustancias representan los determinantes maternos más significativos del peso al nacer.
Edad materna
La edad materna muestra una relación compleja con el peso al nacer. Las madres mayores de 30 años presentan mayor riesgo de tener bebés prematuros, mientras que la edad avanzada se asocia positivamente con el peso al nacer solo en mujeres de origen europeo blanco y del sur de Asia sin diabetes gestacional. Las adolescentes embarazadas tienden a responder más favorablemente a la suplementación nutricional, reduciendo el riesgo de recién nacidos pequeños y vulnerables; en conjunto, la edad materna tiene efectos significativos, aunque de magnitud pequeña frente a otros factores de riesgo (14,15).
Estado nutricional materno
El estado nutricional materno antes y durante el embarazo ejerce una influencia profunda sobre el peso al nacer. El IMC materno muestra una asociación positiva con el peso al nacer en todos los grupos raciales, independientemente del estado glucémico, y cada unidad de aumento en el IMC se asocia con aproximadamente 14,9 gramos de aumento en el peso al nacer. Las mujeres con bajo peso presentan un riesgo aumentado de tener recién nacidos con bajo peso al nacer, mientras que el sobrepeso y la obesidad maternos (IMC ≥ 30 kg/m²) muestran un efecto protector frente al bajo peso al nacer. Sin embargo, la obesidad materna se asocia de manera causal con un mayor peso al nacer, probablemente a través de la desregulación materna y fetal del metabolismo de la glucosa, la insulina, los lípidos y los aminoácidos (16).
La ganancia de peso durante el embarazo representa un predictor crítico del peso al nacer. Cada kilogramo de aumento en la ganancia total de peso resulta en aproximadamente 30 gramos de aumento en el peso al nacer. Las mujeres con una ganancia de peso ≤ 4 kg durante el embarazo presentan un riesgo significativamente elevado de bajo peso al nacer, mientras que aquellas con una ganancia > 18 kg tienen mayor riesgo de tener bebés grandes para la edad gestacional. Pasar de un estado de sobrepeso entre la adolescencia y el inicio del embarazo se asocia con un peso al nacer significativamente mayor (144,6 gramos) en comparación con madres que mantienen un peso normal en ambos momentos. La calidad de la dieta materna, expresada mediante el índice NAR, se correlaciona significativamente con el peso al nacer, y su inclusión mejora las ecuaciones de predicción en un 6-8 % (17).
La anemia materna constituye un factor de riesgo significativo para el bajo peso al nacer, y las deficiencias de micronutrientes —particularmente de hierro, zinc y calcio— comprometen el crecimiento fetal óptimo. Curiosamente, algunos modelos de regresión muestran una relación negativa entre la ingesta de hierro y proteínas y el peso al nacer, lo que probablemente refleja que las mujeres con deficiencias reciben suplementación dirigida, más que un efecto adverso real de estos nutrientes (18).
Diabetes y trastornos metabólicos
La diabetes materna, tanto pregestacional como gestacional, constituye un factor determinante mayor del peso al nacer. Los bebés de madres con diabetes gestacional son significativamente más pesados que los de madres sin diabetes en todos los grupos raciales, con el mayor efecto en mujeres negras y del sur de Asia, y la diabetes gestacional acentúa el efecto del IMC materno sobre el peso al nacer, especialmente en poblaciones no blancas. Las madres con diabetes pregestacional, en cambio, presentan mayor riesgo de bajo peso al nacer, posiblemente porque la hiperglucemia eleva la insulina circulante materna y fetal —una hormona de crecimiento fetal— con efectos potenciales sobre el peso corporal a largo plazo (9).
Hipertensión arterial
La hipertensión materna representa uno de los factores de riesgo más potentes para el bajo peso al nacer. Las madres con hipertensión presentan un riesgo marcadamente elevado de tener bebés con bajo peso, y la hipertensión inducida por el embarazo se asocia significativamente con el bajo peso al nacer. La presión arterial diastólica más alta se asocia significativamente con puntajes z más bajos de peso al nacer. Los mecanismos subyacentes incluyen la insuficiencia placentaria y la restricción del crecimiento intrauterino secundaria a la perfusión uteroplacentaria comprometida (12).
Tabaquismo
El tabaquismo materno durante el embarazo constituye uno de los factores de riesgo modificables más significativos para el bajo peso al nacer. Las fumadoras actuales tienen un riesgo aumentado de tener bebés prematuros y con bajo peso al nacer. Las mujeres que fuman más de 10 cigarrillos por día presentan un riesgo particularmente elevado de tener bebés pequeños para la edad gestacional (19).
Los bebés de madres fumadoras pesan aproximadamente 180,5 gramos menos que los de no fumadoras, y tras ajustar por edad materna, talla, educación y estatus socioeconómico, la diferencia se mantiene en 224 gramos. Los mecanismos incluyen el aumento del estrés oxidativo y la limitación en la entrega de oxígeno a la placenta, ya que el tabaquismo interfiere con la unión del oxígeno a la hemoglobina materna. Dejar de fumar durante el embarazo reduce significativamente el riesgo de bajo peso, y los países que han prohibido fumar en espacios públicos cerrados han registrado una reducción sustancial en su prevalencia (6,19).
Consumo de alcohol y otras sustancias
El consumo de alcohol durante el embarazo también se asocia con el bajo peso al nacer. El uso de crack o cocaína es uno de los factores de riesgo más potentes entre todas las sustancias, con un riesgo casi tres veces mayor, mediante vasoconstricción placentaria, reducción del flujo uteroplacentario y efectos tóxicos directos sobre el feto. El consumo de cafeína muestra una asociación similar, aunque de magnitud considerablemente menor que el tabaco y las drogas ilícitas (12).
Detección del riesgo de bajo peso al nacer antes del parto
La evaluación clínica inicial mediante la medición de la altura uterina representa un método de bajo costo, relativamente confiable y fácil de implementar para detectar alteraciones del crecimiento fetal en la mayoría de las mujeres embarazadas. Cuando se sospecha una alteración del crecimiento clínicamente, o existe una condición médica u obstétrica que incrementa el riesgo, la ecografía constituye la modalidad de elección para identificar el crecimiento fetal anormal. Una discrepancia significativa entre la altura uterina y la edad gestacional esperada debe motivar una evaluación ecográfica adicional (20).
La ecografía obstétrica y la biometría fetal permiten estimar el peso fetal mediante cuatro parámetros estándar: el diámetro biparietal, la circunferencia cefálica, la circunferencia abdominal y la longitud femoral. Estos parámetros morfológicos se convierten en estimaciones de peso fetal utilizando fórmulas publicadas, aunque la variabilidad de la estimación puede alcanzar hasta el 20 % en el 95 % de los casos. Si el peso fetal estimado o la circunferencia abdominal se encuentran por debajo del percentil 10 para la edad gestacional, debe considerarse una evaluación adicional, incluyendo la valoración del líquido amniótico y estudios Doppler de la arteria umbilical. Dado que los fetos con restricción del crecimiento presentan una alta incidencia de anomalías estructurales y genéticas, se recomienda un examen ecográfico especializado de la anatomía fetal si no se ha realizado previamente (21).
El Doppler de arteria umbilical constituye un componente esencial de la vigilancia fetal en la restricción del crecimiento, pues evalúa la impedancia al flujo en la unidad fetoplacentaria y diferencia al feto con restricción hipóxica del feto pequeño no hipóxico. El flujo diastólico ausente o invertido se asocia con mayor riesgo de mortalidad perinatal, y la incorporación del Doppler umbilical al manejo de embarazos de alto riesgo reduce la muerte perinatal, la inducción del parto y la cesárea, con una disminución de hasta el 29 % en la mortalidad perinatal. Evidencia emergente sugiere que el Doppler de vena umbilical —en particular el diámetro venoso en asa libre— mejora la estratificación de riesgo en fetos pequeños con Doppler arterial normal, ayudando a identificar embarazos de alto riesgo y a planificar el parto (22).
Los protocolos de vigilancia varían según la severidad de los hallazgos. Cuando el peso fetal estimado está por debajo del percentil 10 se recomienda vigilancia fetal, que puede iniciarse desde las 26-28 semanas, con exámenes ecográficos seriados cada 3-4 semanas. Ante anormalidades Doppler arteriales suele bastar el seguimiento semanal si persiste el flujo diastólico anterógrado; cuando se asocian oligohidramnios o flujo ausente o invertido, la vigilancia debe intensificarse a 2-3 veces por semana, complementada con cardiotocografía o perfil biofísico semanal (23).
Protocolo de cuidados en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales para recién nacidos con bajo peso al nacer
Los recién nacidos con bajo peso al nacer requieren atención especializada en instalaciones con personal capacitado y recursos apropiados según la severidad de su condición. El protocolo de cuidados en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) se estructura en múltiples componentes interrelacionados, que abarcan desde la estabilización inicial hasta la preparación para el alta hospitalaria.
Definición y clasificación según nivel de atención
El bajo peso al nacer se clasifica en tres categorías que determinan el nivel de cuidados requeridos: bajo peso (2000-2499 g), muy bajo peso (≤ 1500 g) y peso extremadamente bajo (≤ 1000 g). Las unidades de nivel II atienden a infantes de 32 semanas o más, o ≥ 1500 g, con condiciones leves a moderadas que no requieren subespecialidad urgente ni más que CPAP o ventilación convencional breve. Las unidades de nivel III atienden a infantes de cualquier edad gestacional y peso con condiciones críticas que requieren soporte vital sostenido, ventilación de alta frecuencia, óxido nítrico inhalado o hipotermia terapéutica. Las unidades de nivel IV ofrecen el espectro completo de cuidados, incluida la cirugía de condiciones congénitas o adquiridas complejas, la oxigenación por membrana extracorpórea (ECMO) y el acceso a subespecialistas pediátricos (24,25).
Estabilización inicial y cuidados inmediatos
La estabilización inicial requiere atención meticulosa a la termorregulación, la reanimación y la monitorización. La temperatura central debe mantenerse por encima de 36,4 °C, ya que la hipotermia aumenta la morbimortalidad; el uso de envoltura plástica puede ayudar a mantenerla. Los recién nacidos con taquipnea mayor de 60 respiraciones por minuto deben recibir líquidos intravenosos en lugar de alimentación enteral, para prevenir la aspiración, y la hipoglucemia —que puede ser asintomática en grandes para la edad gestacional e hijos de madres diabéticas— requiere monitorización sistemática (24).
Prevención y manejo de infecciones
El riesgo de sepsis neonatal aumenta con la ruptura prolongada de membranas y la colonización materna por estreptococo del grupo B, por lo que los recién nacidos con bajo peso requieren evaluación sistemática y tratamiento antibiótico empírico cuando está indicado. En entornos donde la hospitalización no es factible, la provisión comunitaria de antibióticos para una posible infección bacteriana grave puede reducir la mortalidad neonatal (26).
Nutrición y soporte alimentario
La leche materna propia, apropiadamente fortificada, constituye la fuente óptima de nutrición para los infantes con muy bajo peso al nacer hospitalizados en la UCIN, y confiere múltiples beneficios de salud a corto y largo plazo, incluyendo tasas más bajas de enterocolitis necrotizante. Cada familia de un infante con muy bajo peso debe recibir información sobre la importancia crítica de la leche materna para la salud de sus hijos, así como soporte intensivo durante toda la hospitalización para alcanzar sus metas personales de lactancia. Cuando la leche materna propia no está disponible, es insuficiente en volumen o está contraindicada, se recomienda la provisión de leche humana donada pasteurizada, continuándose de manera óptima hasta que el riesgo del infante de desarrollar enterocolitis necrotizante sea bajo (aproximadamente 34-36 semanas de edad postmenstrual). La fórmula para infantes prematuros se recomienda cuando la leche materna no está disponible y la leche donada tampoco está disponible, o la familia declina su uso (26).
Complicaciones a corto y a largo plazo
Riesgos inmediatos en el período neonatal
La hipotermia representa una de las morbilidades más frecuentes, afectando al 75,26 % de los recién nacidos prematuros con bajo peso al nacer. Esta vulnerabilidad térmica se debe a la inmadurez del sistema de termorregulación, la mayor superficie corporal relativa, el escaso tejido adiposo subcutáneo y la limitada capacidad para generar calor. La sepsis constituye otro riesgo crítico, presente en el 69,07 % de estos neonatos, y se asocia con el doble de riesgo de mortalidad. Los mecanismos incluyen la inmadurez del sistema inmunológico, la mayor necesidad de procedimientos invasivos y la exposición prolongada al ambiente hospitalario (27).
La dificultad respiratoria afecta al 49,83 % de los recién nacidos prematuros con bajo peso, y representa uno de los predictores más potentes de mortalidad, con un riesgo 4,6 veces mayor de muerte. Esta complicación resulta de la inmadurez pulmonar, la deficiencia de surfactante y el desarrollo alveolar incompleto. La hipoglucemia, aunque menos frecuente, se asocia con un riesgo casi cuatro veces mayor de mortalidad. Los bebés con bajo peso tienen reservas limitadas de glucógeno hepático y de grasa corporal, junto con una mayor demanda metabólica relativa, lo que los predispone a episodios hipoglucémicos que pueden causar daño neurológico permanente si no se tratan adecuadamente (27).
Otras complicaciones neonatales frecuentes incluyen la ictericia (13,4 %), las anomalías congénitas (8,25 %), la hemorragia intraventricular, la encefalopatía hipóxico-isquémica, la enterocolitis necrotizante y la displasia broncopulmonar (8).
Consecuencias a largo plazo en la infancia
Durante la infancia, los niños nacidos con bajo peso presentan un riesgo aumentado de mortalidad, retraso del crecimiento (stunting) y emaciación (wasting). Las complicaciones neurológicas incluyen un mayor riesgo de parálisis cerebral y epilepsia en los prematuros, volumen cerebral reducido, y retraso e impedimento del neurodesarrollo tanto en prematuros como en pequeños para la edad gestacional. Los problemas del desarrollo motor son comunes en prematuros y en bebés con bajo peso al nacer (28).
El rendimiento cognitivo se ve significativamente afectado, con una reducción del coeficiente intelectual (CI) y del desempeño cognitivo en prematuros, pequeños para la edad gestacional y con bajo peso al nacer. Los niños con peso extremadamente bajo al nacer, evaluados a los 8-9 años, mostraron que 24 de cada 100 tenían un CI menor de 85, 38 más recibían servicios médicos o educativos especiales, y 43 más presentaban alguna limitación funcional, en comparación con niños de peso normal al nacer. Aproximadamente un tercio de los niños con peso extremadamente bajo al nacer, sin anormalidades neurosensoriales al alta, presentaban un CI menor de 85, problemas de aprendizaje o habilidades motoras deficientes, y dos tercios tenían problemas conductuales, una proporción de dos a tres veces mayor que la de los controles (29).
Los problemas académicos son frecuentes en los prematuros, con dificultades en lectura, ortografía y matemáticas, habilidades lingüísticas reducidas y mayor riesgo de disfonía; el rendimiento escolar está deteriorado tanto en prematuros como en nacidos con bajo peso. Los trastornos del neurodesarrollo incluyen mayor riesgo de TDAH y de trastornos del espectro autista en prematuros, nacidos con bajo peso y pequeños para la edad gestacional. Un estudio poblacional coreano de 830 806 nacimientos mostró que los niños de 5-7 años con bajo peso al nacer a término presentaban asociaciones significativas con retraso del desarrollo motor y cognitivo, trastornos del espectro autista, TDAH, y convulsiones epilépticas y febriles (29).
DISCUSIÓN
La evidencia revisada confirma que el bajo peso al nacer no constituye una entidad clínica única, sino la expresión final de dos vías fisiopatológicas distintas —la prematuridad y la restricción del crecimiento intrauterino— que con frecuencia coexisten y que exigen abordajes preventivos diferenciados. Reconocer esta distinción tiene implicaciones directas sobre la práctica clínica, dado que la edad gestacional continúa siendo el predictor más robusto de morbimortalidad neonatal, mientras que la restricción del crecimiento fetal se vincula de manera más específica con la programación metabólica y las enfermedades crónicas no transmisibles en la vida adulta, en concordancia con la hipótesis de Barker sobre los orígenes del desarrollo de la salud y la enfermedad (2,3,4,7).
Desde la perspectiva de la prevención, la mayoría de los determinantes maternos identificados —estado nutricional, diabetes y otros trastornos metabólicos, hipertensión, tabaquismo y consumo de sustancias— son modificables mediante intervenciones antes y durante el embarazo. Ello refuerza que el bajo peso al nacer constituye un punto de intervención crítico en el curso de vida, donde estrategias costo-efectivas como la suplementación nutricional, el cese del tabaquismo y el control estricto de la presión arterial pueden traducirse en reducciones sustanciales de su incidencia (12,16,17,18,19).
La vigilancia antenatal mediante ecografía y Doppler de arteria y vena umbilical, integrada en protocolos de seguimiento seriado, permite diferenciar al feto con restricción del crecimiento de origen hipóxico-placentario del feto pequeño constitucionalmente sano, orientando las decisiones sobre el momento óptimo del parto. De manera similar, la clasificación de las unidades neonatales por niveles de complejidad y la estandarización de los cuidados inmediatos —termorregulación, tamizaje de hipoglucemia, prevención de sepsis y priorización de la lactancia materna— constituyen intervenciones con impacto demostrado sobre la mortalidad y la morbilidad de los recién nacidos con bajo peso (22,23,25,26,27).
Esta revisión presenta limitaciones inherentes a su diseño narrativo. Al no tratarse de una revisión sistemática, no se realizó una búsqueda exhaustiva y reproducible ni una evaluación formal de la calidad metodológica o del riesgo de sesgo de los estudios incluidos, por lo que la selección de la evidencia pudo estar sujeta a cierto grado de subjetividad. Asimismo, buena parte de la evidencia disponible proviene de países de altos y medianos ingresos, lo que podría limitar la extrapolación directa de algunos hallazgos a contextos como el latinoamericano y caribeño, donde los determinantes sociales y el acceso a los servicios de salud materno-infantil difieren sustancialmente. Se requieren estudios primarios locales que caractericen la magnitud y los determinantes del bajo peso al nacer en estas poblaciones, con el fin de adaptar las estrategias preventivas a su realidad epidemiológica.
CONCLUSIONES
El bajo peso al nacer no debe considerarse únicamente como una cifra estadística inmediata, sino como un fenómeno con repercusiones transgeneracionales que condiciona la salud metabólica y el potencial de desarrollo socioeconómico de los individuos a largo plazo. La comprensión de que su origen reside en dos mecanismos fisiopatológicos distintos —la prematuridad y la restricción del crecimiento intrauterino— resulta determinante para orientar de manera eficaz las intervenciones clínicas y las políticas preventivas según el contexto regional. El limitado progreso en la reducción de la incidencia global evidencia una desconexión crítica entre la evidencia científica acumulada sobre los factores modificables y la ejecución de programas de salud pública que aborden las desigualdades sociales y nutricionales subyacentes. Se requieren, además, estudios locales que permitan adaptar estas estrategias a la realidad epidemiológica de América Latina y el Caribe.
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- 30 Conflicto de intereses
- 31 Los autores declaran que no existe ningún conflicto de intereses.
Declaraciones
Financiación
Los autores no recibieron financiación para el desarrollo de esta investigación. Contribuciones de autores Conceptualización: Maikro Osvaldo Chávez Moya, Neisy Pérez Ramos, Gabriela González Pernas, Avimael Hernández Rodríguez Investigación: Maikro Osvaldo Chávez Moya, Leodanis Hernández Cabrera, Laura Beatriz Fernández Feitó, Lauren Beatriz González Claro, María Luisa Cruz Coello, Avimael Hernández Rodríguez Redacción - borrador inicial: Maikro Osvaldo Chávez Moya, Leodanis Hernández Cabrera, Laura Beatriz Fernández Feitó, Lauren Beatriz González Claro, María Luisa Cruz Coello, Avimael Hernández Rodríguez
Conflictos de interés
No existen.
Contribución de autoría
Redacción - borrador original: Maikro Osvaldo Chávez Moya, Leodanis Hernández Cabrera, Laura Beatriz Fernández Feitó, Lauren Beatriz González Claro, Neisy Pérez Ramos, María Luisa Cruz Coello, Avimael Hernández Rodríguez, Gabriela González Pernas.
Redacción - revisión y edición: Maikro Osvaldo Chávez Moya, Leodanis Hernández Cabrera, Laura Beatriz Fernández Feitó, Lauren Beatriz González Claro, Neisy Pérez Ramos, María Luisa Cruz Coello, Avimael Hernández Rodríguez, Gabriela González Pernas.